viernes, 26 de febrero de 2010

MANUEL BELGRANO Y LA REVOLUCIÓN

EL PENSAMIENTO VIVO DE MANUEL BELGRANO

La Revolución.
Sucedía esto a mi regreso de la banda septentrional, y tuvimos este medio de reunimos Los amigos sin temor, habiéndole hecho entender a Cisneros que si teníamos alguna junta en mi casa, sería para tratar de los asuntos con­cernientes al periódico. Nos dispensó toda protección e hice el prospec­to del Diario de Comercio que se publicaba en 1810, antes de nuestra revolución; en él salieron mis papeles, que no era otra cosa más que una acusación contra el gobierno español; pero todo pasaba, y así creíamos ir abriendo los ojos a nuestros paisanos. Tanto fue, que salió uno de mis papeles, titulado "Origen de la grandeza y decadencia de los imperios", en vísperas de nuestra revolución, que contentó a los de nuestro partido como a Cisneros, y cada uno aplicaba el ascua a su sardina.
Estas era mis ocupaciones cuando, habiendo salido pro algunos días al campo, en el mes de mayo, me mandaron llamar mis amigos a Buenos Aires, diciéndome que era llegado el caso de trabajar por la patria para adquirir la libertad e independencia deseada: había llegado la noticia de la entrada de los franceses en Andalucía y la disolución de la Junta Central.
(...) Se vencieron al fin todas las dificultades y aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto, apareció una junta, de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde, en que no tuve poco sentimiento. Era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y todo me contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, como ase­guro, a la faz del universo, que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular por más que me interesase: el bien público estaba a todos instantes a mi vista.
(De su Autobiografía, escrita en 1914. los fragmantos seleccionados corresponde a 1810 y se refieren a los momentos previos a la Revolución de Mayo y a la formación de la Primera Junta)

RECLAMO
Belgrano no puede hacer milagros, trabaja por el honor de su patria y por  y por el de las armas cuanto le es dable, y se pone en disposición de para no perderlo todo; pero tiene la desgracia de que siem­pre se le abandone, o que sean tales las circunstancias que no se le pueda atender. Dios quiera mirarnos con ojos de piedad, y proteger los nobles esfuerzos de mis compañeros de armas que están llenos del fuego sagrado del patriotismo y dispuestos a vencer o morir.
(Carta a Bernardino Rivadavia. Tucumán, 14 de setiembre de 1812)

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