lunes, 15 de febrero de 2010

“LAS DUDAS DE LA HISTORIA”

El domingo 28 de marzo de 1976 en el periódico La Opinión sección Cultura, siguiendo con una encuesta sobre Sarmiento y Rosas, titulada “LAS DUDAS DE LA HISTORIA”, se publicaron las respuestas del profesor Enrique M. Barba, que entonces era presidente de la Academia Nacional de la Historia.

Barba nació en La Plata en 1909 fue profesor de la Universidad de Buenos Aires y de La Plata, decano de la Facultad de Humanidades de esta última. Entre sus obras se destacan: “Cómo Rosas llegó al poder”; “Correspondencia Rosas-Quiroga”; “Unitarismo, Federalismo, Rosismo”; y el tomo 8º de la “Historia Nacional Argentina, publicada por la Academia (correspondiente a la época de Rosas) además de otros trabajos históricos.

Las preguntas eran:
1.-¿Cómo juzgaron el papel histórico de Rosas y Sarmiento sus contemporáneos.
2.- ¿A qué sectores sociales o qué intereses de clase representaba cada una de estas figuras?
3.- ¿Cuál fue la ideología real de Rosas y Sarmiento?
4.- ¿Cuál fue el legado histórico que dejaron?
5.- ¿En qué medida la Argentina fue (o es) rosista o samientina?
6.- ¿Pude hablarse de una “mitología! rosista y otra samientina?
7.- ¿En la actualidad Rosas y Sarmiento se excluyen o complementan en la comprensión de la Argentina moderna?
8.- ¿Conviene a la salud cívica del país seguir oponiendo a estas dos figuras?

A continuación se transcribe la respuesta la primera pregunta.
1.-¿Cómo juzgaron el papel histórico de Rosas y Sarmiento sus contemporáneos.

Creo que el papel histórico cumplido por cada hombre se ha debido, en buena medida, al medio ambiente en que le tocó actuar y a la circunstancia propia que le deparó el destino. No significa esto negar la importancia a la parte activa, insustituible, del agente protagónico de la historia, en última instancia el hombre. Otra cosa seria, en mi opinión, caer en un ingenuo mecanicismo. Afirmar rotundamente que las circunstancias estaban dadas para la llegada de Rosas al poder y no decir nada más que eso es decir muy poco. Lo mismo ocurre cuando los coleccionistas de frases hechas se descuelgan con aquello de que Sarmiento fue un producto de su época. ¿Cuál fue, en definitiva, tal época? Vivió y actuó en los mismos momentos en que vivía y gobernaba Rosas. ¿Pueden explicarnos quienes siguen tan rígidos esquemas cómo el mismo ambiente, la misma circunstancia y la misma época engendraron tan disímiles productos?
Dentro de la pluralidad de posibilidades que en el mismo tiempo y lugar se ofrecen a los hombres no sólo la elección personal decide el destino de cada uno de ellos; la riqueza y la alcurnia - de algo de esto nos habla Hilaire Belloc - en la época a que nos referimos eran factores poco menos que decisivos en el juego de la política.
Tratándose de Rosas y de Sarmiento debemos afirmar, de primeras, que nos referimos a dos triunfadores. Su triunfo se advierte tanto en los fervorosos elogios de sus admiradores como en las diatribas de sus enemigos. Nada como el olvido señala en forma más elocuente el fracaso de un político o de un personaje histórico; o lo que puede ser peor: la frustración de un país que no recuerda a sus grandes hombres. Pero, ¿quién podrá olvidar -para el elogio o el vituperio- a San Martín, a Rosas, a Quiroga o a Sarmiento? Dejando a un lado el grado de justicia con que han sido juzgados cada uno ellos, lo cierto es que constituyen una constante de nuestra historia.
Ciñéndome a estos casos singulares de Sarmiento y Rosas,-debo decir que es tarea casi imposible poder compararlos. Son casos heterogéneos; más fácil sería comparar a Sarmiento con Quiroga, dos bárbaros genia­les, de tremendos ex abruptos, de un coraje que hace honor a la raza y a la estirpe. Matan con la cara descubierta, llegan a arrebatos insólitos; cada palabra es un desafío, cada frase una proclama de guerra, cada actitud una batalla; viven en un permanente compromiso.
Sarmiento es el precursor e iniciador de la nueva Argentina que aún no ha encontrado su quicio. Rosas, lleno de orgulloso porteñismo, de cuyo patriciado era uno de los más rutilantes exponentes, dejó preparado el país para su unión definitiva bajo la égida de Buenos Aires. Todo lo contrario de un verdadero federalismo que proclamaba sin sentirlo, pero, a la verdad, lo único que podía ™ inteligentemente hacerse en ese momento. No recuerdo, al menos, que la unidad de España, Francia, Alemania o Italia, y otros países, se haya llevado a cabo bajo el sistema federal.
El papel histórico que Sarmiento dejó como legado fue su empecinada lucha por alfabetizar no sólo a Buenos Aires, sino al país entero, que mostraba, frente a tonantes declaraciones que parecían mostrar lo contrario, que confiaba en el pueblo. El de Rosas, su férrea resistencia a las pretensiones de potencias extranjeras, cuyo episodio cumbre se muestra en la Vuelta de Obligado. Esto no impedía que a los británicos residentes en la Argentina los colmara de honores; por ejemplo, el" caso del cónsul Parish, y de favoritismos tales que harían exclamar a Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, las ventajas que en aquel entonces significaba ser inglés.
Una de las acusaciones más serias formuladas contra Sarmiento fue la de haber alentado las pretensiones que los chilenos alimentaban sobre la Patagonia. A su turno, se censura a Rosas por haber querido negociar las Malvinas entregándolas a los ingleses a cambio de la deuda contraída por los unitarios -con Gran Bretaña, ofreciendo, en otra ocasión, al mismo país, la explotación de las riquezas minerales y el guano de la costa patagóni­ca.
Sarmiento cometió tal desaguisado en el momento en que la oposición al gobierno de Rosas había alcanzado los puntos de la desesperación; Rosas formuló las proposiciones aludidas desde el gobierno que ejercía con el manejo de las facultades extraordinarias y la suma del poder público y la dirección de las relaciones exteriores de toda la Confederación.
La actitud de Sarmiento era a título personal y sólo a él comprometía ante el presente que vivía y la posteridad que lo juzga; Rosas, comprometía al país entero. Cuando llegó a la presidencia de la República y las pretensiones y amenazas chilenas llegaron a presagiar la guerra inmediata, Sarniento, a pesar de la oposición que le dio descanso un solo día, desde el Congreso y la prensa, desplegó uña labor que hizo posible, en pocos años, la campaña de Roca, que asentó de hecho la soberanía argentina que de derecho le correspondía sobre todo el territorio que conducía a Chile y que era el campo de depredaciones que, en combinación con los indios y su complicidad, ejercían nuestros vecinos. Creó, además, como prueba tangible de su férrea decisión de ir a la guerra, si era necesario, el Colegio Militar y la Escuela Naval.
Si Sarmiento en su momento no llegó a avizorar el futuro de la Argentina unida y única, Rosas, aunque preservó la integridad, sólo veía y sentía la Nación a través de Buenos Aires, y en el fondo las provincias le preocupaban en cuanto fueran humildes servidoras de la ciudad del puerto y los provincianos le provocan la misma alergia que a su primo don Tomás de Anchorena.
Esta idea de un Buenos Aires súper estado o, si llegara el caso, de Buenos Aires independiente, acompañó a Rosas durante toda su vida. Mientras Buenos Aires o sus hombres pudieran manejar al resto del país. Rosas descansaría tranquilo.
 Sospechamos por eso que comprendiera mejor a Mitre, a quien deseba un gobierno mucho más largo que el soñado por el general o por el más empecinado mitrista que a Sarmiento. Aunque se me acuse de errátil, creo que esto merece una digresión.
En carta de Rosas a Rojas y Patrón de 17 de febrero de 1862, le decía: "sin demora alguna su Excelencia el Sr. Brig. - Mitre, Gobernador y Capitán general de la Provincia de Buenos Aires, debía no perder la presente oportunidad y decir hacer conocer por los hombres influyentes, la necesidad de dejarse por ahora, y hasta algunos años más, de pensar en el Congreso. Que don Bartolomé Mitre fuera nombrado por cada una de las-provincias, Encargado de las relacio­nes exteriores con la suma del poder para gobernar toda la República por siete años, según y en los términos como yo lo estaba". ¿Se imaginan ustedes como hubieran vociferado los revisionistas rosistas que ignoran esta carta o la han olvidado, si Mitre hubiese seguido el pensamiento de Rosas? Pero dejemos estos pequeños detalles.
Volvamos al porteñismo de Rosas. En una carta de este a su amigo Federico Terrero, de 20 de junio de 1869, le confiesa con amargura el temor de que la provincia de Buenos Aires “cansada de sufrir tantas y tan prolongadas injusticias (sic) y así males sobre males, sin esperanza alguna de remedio, desesperados sus buenos hijos, invo­cando la justicia de Dios y de las Naciones, se declare Estado Soberano Independiente".
En un rapto de amoroso recuerdo a su lejana Buenos Aires, exclama: "Aflige, en amarga pena, la consideración del papel que representa Buenos Aires. ¿Qué culpa tiene cuando Dios la ha formado de la tierra y lugares privilegiados que le pertenecen?" Y ya, impulsado por un entusiasmo que no acostumbraba a traslucir, dice, entre otras cosas, que "documentos innega­bles servirán, para hacer la declaración de su erección en un Estado soberano. Las demás provincias formarán otro Estado y aun podrán ser dos si así les conviniera, y entonces los estados Bonaerense (obsérvese bien, primero Buenos Aires) Argentino, Paraguayo, Oriental y Entrerriano, formarían una alianza natural ofensiva y defensi­va, garantida por alguna de las primeras más fuertes naciones del Mundo, para formar su equilibrio contra las pretensiones del Brasil". La verdad es que arbitraba un extraño sistema para neutralizar a Brasil: la balcanización de toda la República Argentina.
Si Sarmiento alentó las pretensiones chilenas a la Patagonia, que Rosas consideraba perteneciente a la provincia de Buenos Aires, el ilustre exiliado en Inglaterra propiciaba la desintegración de toda la Argentina. Ambos expresaron sus peregrinas ideas fuera de la patria.
Y ya que estamos en el terreno de las odiosas compara­ciones, terminaré con las acusaciones que se han formula­do contra nuestros dos personajes. Los llamados revisio­nistas parecen haber confeccionado un sello que, con oportunidad o sin ella, estampan en todos sus escritos. Este rondó está compuesto con las imperdonables pala­bras de Sarmiento cuando alentaba a matar al gaucho, cuya sangre debía abonar el suelo de la patria. En la cacería que fue la expedición al desierto de 1833, Rosas confiesa haber mandado al otro mundo a más de veinte mil indios. Matanza cruel e innecesaria. Pero admitamos que lo fue en acciones de guerra. Lo tremendo son las órdenes reservadas dadas al Cnel. Ramos en las que le decía que no convenía "que al avanzar una toldería traigan muchos prisioneros vivos, con dos a cuatro hay bastantes". Otros prisioneros, no habiendo testigos en el camino, "los puede ladear al monte y allí fusilarlos". Y el mismo día en que Rosas asumió el segundo gobierno, el 13 de abril de 1835, en una proclama dirigida a los habitantes todos de la ciudad y de la campaña, en una transparente, evidentísima alusión a los llamados unitarios, termina diciendo: "Persigamos de muerte al impío, al sacrílego y sobre todo, al pérfido y traidor, que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe".
Uno se pregunta, en definitiva, ¿hay diferencia entre pedir la muerte de un gaucho o de un indio o de un peón asalariado de los unitarios? Algunos contestarán, quedándose muy campantes, aunque muy equivocados, que ésta es la pregunta de un liberal, de la misma manera cómo se califica a Saldías, panegirista de Rosas, cuando, en su obra, censura las que considera monstruosas atrocidades de los lugarte­nientes del Restaurador.
Podría hablarse largamente de este duelo de recíprocas acusaciones que parece destinado a esterilizar la investi­gación y a presentar nuestro pasado como tema para una novela policial. Espero que todos reconozca nuestros errores y tratemos de encontrar lo que verdaderamente hubo de positivo en el quehacer de los dos personajes que estudiamos.

En próximas entregas se transcribirán las respuestas a las demás preguntas.




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