jueves, 18 de febrero de 2010

LAS DUDAS DE LA HISTORIA - V y VI (continuación)

5.- ¿EN QUÉ MEDIDA LA ARGENTINA FUE (O ES) ROSISTA O SARMIENTINA?

No tengo la menor duda que Rosas contó con adhesiones tan numerosas como entusiastas. Varias circunstancias se conjuran en su favor. Pertenecía a una de las principales familias de Buenos Aires, no sólo por su alcurnia sino por la posesión de la riqueza.
Familia, al mismo tiempo, vinculada por el parentesco con otras del mismo linaje. Salvo alguna excepción, todo el patriciado porteño perteneció a su partido. Sus actividades camperas lo vincularon no sólo con los estancieros, también con los peones, que admiraban al joven de la ciudad que los superaba como jinete y era el primero en los rudos y casi diríamos deportivos trabajos específicos de la campaña, donde su popularidad era incontrastable. Dueño de ella, se convirtió en la ciudad en el "padre de los pobres"; negros, mestizos y peones del matadero creían ver en él al vengador social cuando enfrentaba verbalmente a los ricos que, por supuesto, como siempre, se enriquecieron mucho más de lo que habían soñado. Si a esto agregamos una campaña de prestigio llevada a cabo con una persistencia de todos los días, de todos los momentos y en todos los lugares, y los éxitos rotundos obtenidos sobre los unitarios, que prácticamente no existían desde fines de 1831, se comprende que concitara la adhesión sincera y entusiasta de las masas populares, lo mismo que el interesado apoyo de los poderosos.
Sarmiento fue, en todos los aspectos, el polo opuesto. Soberbio en grado superlativo, casi enfermizo, no supo de concesiones. Parecería que se consideraba el centro del sistema planetario político y que todos debían girar en su torno. No creo que nadie haya vivido tan a contrapelo de la opinión pública, de la que parecía no importársele un bledo, como nuestro personaje. Sus creaciones, fundaciones y actos de gobierno más fecundos que han perdurado, desafiando el tiempo, eran considerados como genialidades del "loco" Sarmiento. No tuvo escribas a sueldo ni oficiosos defensores. El mismo, siendo presidente, escribía en los periódicos defendiendo con malas palabras su obra y atacando despiadadamente a sus adversarios, y con coraje inusitado decía cosas lapidarias sin esconderse ni pedir, como cierto personaje de campanillas, que destruyesen sus cartas. Parece un milagro que hubiese podido gobernar y hacer todo lo que hizo en un medio tan hostil sin el apoyo de nadie. Hablar, entonces, de la popularidad de Sarmiento sería gastar palabras en vano. Si no contó con el pueblo, éste se benefició con su obra y, después de su muerte, legión de argentinos han mantenido vivo su recuerdo.

6.- ¿PUEDE HABLARSE DE UNA "MITOLOGIA" ROSISTA Y DE OTRA SAMIENTINA?
El mito rosista creado en los últimos veinte años ha sido basado y utilizado políticamente como expresión de defensa de la soberanía nacional. No sé hasta qué punto algunos de los que contribuyeron a la formación del mito han sido consecuentes con los presupuestos que en su oportunidad proclamaron. En su momento fueron muchos los desaforados y aprovechados rosistas que abandonaron y traicionaron a Rosas al día siguiente de Caseros, colaborando con su vencedor, primero, y con la gente de Buenos Aires, después. Tal vez se sacrificaron para trabajar desde el bando contra el que habían despotricado durante veinte años, para luchar a favor de la causa popular. La verdad es que el único sacrificado fue Rosas.
Y lo cierto es que los paladines federales que surgieron varios años después de Caseros nada tuvieron que ver con el rosismo. Tales los casos del Chacho, unitario de Lavalle; Felipe Várela, federal de Urquiza, o José Hernández, quien en su periódico fustigó en repetidas oportunidades a Rosas y a su sistema. ¡Cómo ocultan esto los oficiosos albaceas del ex gobernador de Buenos Aires! Algún revisionista, con un raro sentido del humor, ponderando la perdurable popularidad de Rosas en el exilio hacía ya bastantes años, dice muy ufano que un viajero inglés (¡cuándo no!) observó y contó que un gaucho - léase bien, un solo gaucho - de aspecto torvo entró en una pulpería y mirando ceñudo clavó su facón en el mostrador al grito de ¡Viva Rosas! La anécdota hubiese sido más graciosa de haber agregado el cronista: "Miró de soslayo, fuese y no hubo nada". No, a Rosas lo abandonaron todos, hasta los que se consideraban sus íntimos. Ahora comienza el mito.
El mito sarmientista se anida en el gremio insobornable del magisterio, que festeja el 11 de setiembre, que suele ser de asueto, ante las imágenes que han quedado en pie del educador, con la presencia de viejos y jóvenes docentes que hacen gala de mantener vivo el fuego sagrado que encendió el Maestro.

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