viernes, 16 de octubre de 2009

participación popular

Gente como uno

por Félix Luna


Imaginemos un día nublado y medio lluvioso, de esos que son tan frecuentes en el otoño porteño. Imaginemos que un vecino resuelve pasarlo junto al río, pescando. Con sábalo o algún bagre, a la tardecita regresa a su casa. Su mujer le pregunta si trae alguna noticia, si vio algo novedoso. El hombre le dice que no: todo lo que hizo fue tirar la línea en las toscas. Ese día podría haber sido el 25 de Mayo de 1810 y ese porteño pudo haber sido uno de los tantos que no se enteró de nada de lo que ocurrió en aquella jornada.
El cabildo abierto del 22 de mayo reunió a menos de quinientos vecinos y Buenos Aires tenía, en ese momento casi 40.000 habitantes. Es decir que sólo el 1 por ciento de la población participó de aquella trascendental reunión en la que se asentaron las bases conceptuales y jurídicas que fundamentarían el relevo del virrey y su reemplazo por una junta designada ¬o más bien, asentida¬ por el pueblo. Es probable, entonces, que la asamblea reunida más o menos tumultuosamente frente al Cabildo en la mañana del 25 de Mayo, no haya tenido un rating muy superior: 1000 o 1500 vecinos, como máximo. Nuestro pescador habría formado parte, pues, de la enorme mayoría que nada tuvo que ver con la transición del sistema colonial a un régimen nuevo, implícitamente comprometido con la independencia de estas tierras.

Naturalmente, la escasez de participación popular no resta al 25 de Mayo la enorme importancia que tuvo, por varios motivos. En primer lugar, deponer a un representante del rey y reemplazarlo por un cuerpo colegiado era algo insólito y atrevido aunque Cisneros no representara al monarca español sino al organismo que gobernaba en España a su nombre, en vista de la cautividad de Fernando VII. Y aunque esta fuera, en realidad, la segunda oportunidad en que ocurría un hecho como este en Buenos Aires, pues cuatro años atrás una pueblada había exigido la deposición de Sobremonte por su incompetencia y cobardía frente a la invasión inglesa. Pero en 1806 esa verdadera revolución paso casi inadvertida entre las luchas por la Reconquista; ahora, en 1810, el derrocamiento del virrey era el resultado de un tranquilo y racional debate entre unos pocos vecinos, “la parte más sana y principal" de la capital del virreinato.
En segundo lugar, lo que ocurrió el 25 de Mayo fue muy importante porque de algún modo significó la presencia activa de los militares criollos en el proceso político. Las milicias populares que se habían levantado en Buenos Aires desde 1806 estaban compuestas por criollos y por españoles, divididos en regimientos según sus lugares de origen. Pero en esos cuatro años se habían vivido procesos muy diferentes en los cuerpos peninsulares y en los criollos. Aquéllos estaban integrados por comerciantes y artesanos, para quienes el oficio de las armas era una molestia; los criollos, en cambio, por ser pobres, se habían tomado muy en serio sus nuevas profesiones de soldados, vivían de sus sueldos y raciones y concurrían puntualmente a los ejercicios. En poco tiempo adquirieron una capacidad de fuego temible y esta superioridad se vio en enero de 1809, cuando Liniers reprimió fácilmente, con su ayuda, el conato de golpe organizado por el alcalde Alzaga. Ahora, en mayo de 1810, fueron los Patricios quienes hicieron la guardia de la Plaza, dejando entrar a los adictos y rechazando suavemente a los adversarios. Los “fierros" los tenían los regimientos criollos y esta circunstancia fue decisiva para apurar el derrocamiento del virrey Cisneros.


Y una tercera circunstancia notable: tanto en la reunión abierta del 22 como en el compromiso adquirido el 25 de Mayo por los componentes de la Junta, se dejó claramente sentada la necesidad de convocar a los representantes del pueblo de las restantes ciudades del virreinato para que homologaran lo decidido por el de Buenos Aires. Si éste había obrado como lo hizo era por razones de urgencia, como “hermana mayor" ¬según dijo Paso¬. Pero se reconocía la necesidad de que un paso tan trascendente quedara avalado por el pueblo del virreinato. Y en este reconocimiento venía implícita la idea de federalismo y también la noción de la integridad del virreinato.


De nada de esto, claro está, pudo enterarse el vecino que en la tarde de esa jornada regresó a su casa con un par de pescados colgando de su hombro. Pero seguramente tardó muy poco tiempo en advertir que lo sucedido ese día también involucraba su propia vida. Porque de comienzos tan triviales como el de esta revolución burguesa y municipal, pueden venir consecuencias tan drásticas como la que conlleva la creación de una nueva Nación. Nada más ni nada menos.


Félix Luna
Nota aparecida en Página/3, revista aniversario de Página/12, junio de 1990. © Página SRL


www.clubdelprogreso.com

jueves, 15 de octubre de 2009

MUJERES DE LA INDEPENDENCIA


Las Mujeres de la Independencia 
(Salta)

Resumen de un escrito de Bernardo Frías

En 1813 el Brigadier Joaquín de La Pezuela, con todas sus fuerzas en Salta y su cuartel general en Jujuy, se encontraba como clavado y sujeto en aquellas dos plazas sin poder dar paso, ni tener descanso sus fatigas, ni poseer medios y recursos para nutrir sus hombres que iban acabándose en un diario reñir con el hambre, en efecto, comenzaba a hacerse sentir de modo alarmante, y a desconsolar a su gente, las enfermedades mermaban sus tropas y el pánico que hora por hora iba apoderándose de ellas con esta guerra extraordinaria y nunca vista que se les hacían.
Empeoró más la situación de Pezuela, el hecho que las mujeres, las cuales tenían a sus familiares sirviendo en el ejército patriota, se convirtieran en espías constantes. Con un sistema organizado de información interior y de comunicación con los sitiadores de la plaza. Las principales de ellas se habían quedado deliberadamente en la ciudad, desafiando todos los peligros y todas las penalidades que eran propias de una ciudad sitiada, a fin de practicar el espionaje en el mismo cuartel enemigo. Este arriesgado oficio que era la ruina y destrucción de Pezuela, se realizó con un fanatismo extraordinario y sorprendente. Contábanse estas mujeres en todos los rangos sociales; hallándose en la intriga desde la negra esclava hasta la matrona de mas alcurnia. Hacían parte del grupo principal doña Juana Moro de López; doña Celedonia Pacheco y Melo, mujer hermosa, y notable á la vez por sus enormes y largas orejas; doña Magdalena Güemes; doña María Sánchez Loreto Peón; doña Juana Torino, doña María Petrona Arias, joven muy de a caballo, a quien llamaban la China, quien se encargaba de llevar correspondencia secreta; doña Martina Silva de Gurruchaga; y doña Andrea Zenarrusa, mujer de Uriondo al mismo tiempo que ésta, figuraba doña Toribia la Linda, llamada así por su espléndida belleza. Estas señoras, que constituían lo descollante en el grupo de las patriotas exaltadas, corriendo con ellas estaba un abundante número de las mujeres de la plebe que se habían constituido en espías puntuales y vigilantes "para trasmitir -decía el mismo Pezuela -las ocurrencias más diminutas del ejército real para atizar la anarquía”.No había reunión, ni visita, ni parte emanado del ejercito, o con las familias realistas de su confianza y amistad donde no se infiltrara su espíritu minador y atrevido, tratando de robar los secretos y dar las alarmas necesarias, llegando al extremo de entrar en pendencia de amores, aunque con la discreción necesaria si eran gente de calidad, para seducir oficiales; y si lo eran de la plebe, para hacer desertar soldados realistas. Fue resultado de todo esto que se adueñaran de los planes y acuerdos del enemigo, estaban al tanto de lo que pensaba hasta en su lecho el general. Así sus avisos partían sobre verdad sabida y averiguada. Sospechada fue doña Juana Moro de espionaje. No se le hallaron pruebas y jactábase ella, después de la guerra, por la habilidad que supo emplear en todas las invasiones que ocurrieron de no haber sido jamás descubierta. En una oportunidad, sin embargo, los españoles con sospechas vehementes de su conducta, determinaron incomunicarla, mas de tal manera, que le fuera con ello la vida: emparedándonla en su propia casa, cerrándole con muralla la puerta de salida, á fin de que así quedara más segura y pereciera de hambre. La familia colindante, dolida de su suerte, horadó la pared medianera, favoreció por allí sus necesidades y le salvó la vida. Otras ocasiones hubo así en esta época, como luego en las invasiones subsiguientes, en que bajo el disfraz de gaucho joven e inocente, penetraba en las plazas de Jujuy y Orán, ocupadas por el enemigo, llevando partes y trayendo nuevas. Muchas veces estas mujeres solían dar esperanzas amorosas mostrándose coquetas, pero mostrando sus dotes distinguidos para no pasar de los límites permitidos. Con estas artimañas sabían arrancar cuanto secreto militar guardaban los españoles en la plaza. Cosa igual practicaba doña María Loreto Sánchez Peón de Frías. Era también esta señora de las que corrían de Salta a Jujuy, y de Jujuy a Orán, empleando para ello los mil recursos de su vivísimo ingenio, y llevando ocultos los papeles de comunicaciones en el ruedo de su pollera. En Salta, vio que era de necesidad una comunicación casi diaria de las ocurrencias de la plaza: y para que resultase fácil y más segura, se ideó establecer una estafeta ingeniosa. Fue el caso que, de acuerdo con los sitiadores, en el tronco de un árbol corpulento que crecía en la ribera del río de Arias en las afueras de la ciudad, se abrió un espacio lo suficiente como para introducir la mano en la cavidad, á manera de buzón, la cual quedaba invisible cubierta con la tapa que se le formó con la misma corteza. Era costumbre por entonces enviar las criadas al río para el lavado de la ropa o para conducir el agua para el servicio doméstico. Pues estas criadas, fieles con amor a sus señoras y entusiastas patriotas, conducían con la ropa los papeles de la correspondencia, los cuales eran echados en e1 árbol sin ser vistas. El jefe patriota Burela, que tenía su gancho instruído en el secreto, recogíalos con idéntica solicitud, y colocaba allí los de su lado para sus averiguaciones. que las mismas criadas introducían luego a la ciudad.


Doña María Loreto Sánchez Peón de Frías
Ocurrió en una oportunidad que era necesario conocer el número de tropas con que contaba el enemigo en Jujuy. Entonces, una mujer de talla elevada, de formas finas, de cabello castaño y ojos azules, de un cutis blanco apagado, vestida con traje de gente humilde y menesterosa aparecía por las calles de Jujuy, haciendo de viandera. Llevaba sentada sobre la cabeza un gran cesta cargada de pan, fabricación de sus propias manos. Con ella penetraba holgadamente a los cuarteles del rey, buscando siempre de hacerlo a plena vista, y sufriendo con risa y buen humor las chanzas y las insolencias de la soldadesca. Esa mujer era doña Loreto Peón, que iba  tomar cuenta y razón de las fuerzas de Pezuela o de La Serna. No siendo diestra en contar, y para no ser interrumpida, llevaba en el bolsillo de la pollera porción conveniente de maíz que tal era el sistema de contabilidad que usaban por entonces las mujeres y dos bolsitas vacías y colgadas en la cintura. Sentada allí con su pan en el patio del cuartel, iba hechando un maíz a la bolsa derecha a los que cantaban presente y en la izquierda a los ausentes. Lograba de esta manera saber el número exacto de enemigos existentes en aquella plaza como así también los que caían o desertaban; operación que repetía cada vez que llegaban refuerzos del Perú, comunicando luego el resultado al jefe patriota de Salta. Su pasión por la patria queda con todo esto pintada en la historia como una de las mujeres mas audaces y valientes. Llegó a vivir hasta los ciento cinco años de edad, y hasta sus últimos días aun se prendía en el peinado, totalmente blanco, los moños celestes de la patria, fue de este modo como ella, la última que ostentara aquellos distintivos de guerra que caracterizaron por largos años la pasión política en Salta, mereciendo que algunos de sus conciudadanos le dieran el nombre de madre de la patria.


viernes, 9 de octubre de 2009

Jornadas del Bicentenario en la Jefatura Distrital

Jornadas del Bicentenario en la Jefatura Distrital de Quilmes, para directivos y docentes.
a cargo de la Lic. Nancy Castagnini

Programa

Primera jornada: 9 de octubre

A) Conceptos del Bicentenario: significado y alcance historico nacional e internacional.
B) Manzana de Las Luces, cuna de la intelectualidad nacional y de los acontecimientos históricos más significativos de la Nación:

1. Período Jesuítico: antecedentes históricos y legado arquitectónico y cultural.
2. Origen del nombre "Manzana de las Luces"
3. Desarrollo Histórico.
4. Personajes destacados.
5. Instituciones que allí funcionaron: Legado institucional y arquitectónico
6. La Iglesia de San Ignacio.
7. Aspectos relevantes en arte, ciencias, letras, política, etc.
VISITA GUIADA A LA MANZANA DE LAS LUCES DIA 14 DE OCTUBRE A LAS 14,00 HS.

Segunda Jornada : 16 de octubre (a confirmar)

1. Evolucion intelectual desde sus orígenes hasta hoy.
2. La Biblioteca.
3. La Sala de Representantes
4. Colegio Nacional Buenos Aires: evolución y personajes.
5. Otras dependencias de la Manzana: los túneles.
6. Historiadores que han trabajo en la investigación de la Manzana: características del Instituto de Investigaciones Históricas de la Manzana de las Luces, integrantes actuales.

Para más información dirigirse a la Jefatura Distrital Quilmes, calle Espora, Bernal.

jueves, 8 de octubre de 2009

DESCRIPCION DE SARMIENTO POR WILDE


SARMIENTO  EN  UNA   CARTA   DE   EDUARDO WILDE


Veo que le han hecho una fiesta espléndida a la estatua de Sarmiento. Desgraciadamente, el original no sabrá nada de eso, habiéndose ido de este mundo cargado solamente con los denuestos, injurias y demás lindezas de sus detractores de treinta años.

Todas las biogra­fías son falsas porque contienen, no el retrato del biografiado, sino su copia en el cerebro y las pasiones del biógrafo. Generalmente, son demasiado elogiosas y pasan sobre los vicios o defectos sin mirarlos o atenuarlos, porque los autores no tienen por punto de mira el bien del sujeto en cuestión, sino su propia repu­tación literaria o de historiador. Y son tanto más defectuosas cuanto más cerca están de la época en que el héroe falleció por razón de bailarse vivos los parientes, los amigos y las enemigos. Así, todo cuanto dicen ahora de Sar­miento peca de inexacto en falla o en exceso inclusive el siguiente juicio:
Sarmiento no era propiamente un hombre de Estado, aun cuando tenía muchas  de las cualidades necesarias para serlo. Era irregular e instable en muchas de sus doctrinas; sus co­nocimientos no estaban sujetos a método algu­no y su instrucción parcial y a vetas, con estrecheces y expansiones no siempre expli­cables, adolecían de las deficiencias propias de la falta de disciplina universitaria.
Sus pa­siones bien acentuadas, como que se habían criado sueltas en las épocas de revolución, de odios y persecuciones, enfermaban a veces su juicio, y como éste correspondía a un cerebro poderoso que tenía dotaciones de genio, sus alejamientos de la verdad normal marcaban más bien saltos que pasos.
Su alma se aseme­jaba a un bosque de zona tórrida en el que no faltaran, a pesar de las leyes de la vegetación que excluyen los exotismos, plantas cultivadas de otros climas; y todo ello era abundante, vigoroso, semi confuso,  pero fecundo, potente y fertilizador.
Sarmiento no nació para ser entendido, sino sentido. Era un grito, no una palabra. Por eso pudo hacer lo que no fluía netamente de su estructura: enseñar métodos de educación sien­do el ser más antimetódico que haya existido, precisamente por cuanto so talento tenia vetas de genio y los genios no obedecen a los reglamentos.
Él enseñaba hasta lo que no sabía, porque lo evocaba y hacía nacer en su auditorio con su gesto, con una interjección.
Propiamente, las masas de ideas que pobla­ban la cabeza de Sarmiento no podían llamarse conocimientos, sabidurías; él no sabía nada, porque nada había aprendido; él había produ­cido por sí mismo su dotación de nociones, casi en la totalidad de su extensión, y procedía como los astros luminosos que no saben nada de la luz, pero la generan, la gestan — dispense el verbo — y la derraman a torrentes sobre los orbes.
Había en sus modos de discurrir algo del procedimiento de los preparadores de museo para con los huesos incompletos cuyos agujeros y fallas llenan con yeso, dando a la parte añadida contornos probables en el hueso natural, pero de pura suposición cuando faltan los mo­delos.
Así se manejaba Sarmiento ante las defi­ciencias de su información; su alta inteligencia llenaba los claros por intuición, por deducción, por analogía, por inducción, por ampliación, por invención finalmente.
A veces le ocurría inventar el hueso entero para completar el esqueleto, y el hueso resultaba ser de otro animal; o le solía salir largo, torcido, contrahecho, exagerado en un sentido o en otro, y la exageración, como se sabe, es uno de los casos de la mentira. Sarmiento, por esta  razón y una vez puesto en la corriente, men­tía pues, cuando venía a mano, en sus citas y en sus afirmaciones; y al recordar esto no ofendo al eminente amplificador, por haber dicho él mismo, en alguna parte, que los Sarmiento tenían fama de embusteros. Por lo de­más, casi todos los oradores de su tiempo participaban de esta socorrida ventaja.
Vélez inventaba autores y les atribuía pala­bras, frases y doctrinas que jamás produjeron. A veces la falsedad no era tan completa y sólo el presunto autor era el inventado, corres­pondiendo la doctrina, puesta al revés, a otro sujeto.
Esto podía hacerse antes con cierta impu­nidad; ahora sería ello peligroso por haber subido en las asambleas el nivel de erudición.
La verdad es que al oír discurrir a Sar­miento con aquella su abundancia de ideas, con el vivo colorido de sus frases, con la fir­meza de sus períodos, con la proliferación y tropical frondosidad del mundo de sus doctri­nas y principios, nadie sospechaba la deficien­cia de sus datos y las fallas en sus estudios y lecturas.
Hablando, parecía maestro en todo: en ciencias, en arte; en todas las ciencias y en todas las artes, hasta en las novísimas manifestaciones de la política, la economía y la ciencia social.
No obstante, un diagnosticador de los pro­cesos cerebrales en la formación de las ideas, juzgando fríamente, habría encontrado que parte del bagaje capitalizado era el producto de una singular y constitucional autogestación y por eso también, en el conjunto, habría notado enormes vacíos, pues en los conocimientos del hombre, las lagunas no alcanzan a llenarse sino por concurso de pensadores, por  maduración de las ideas a través de las generaciones.
Una fórmula puede ser entrevista por el genio que salta sobre los detalles y los antecedentes racionales, sin verlos ni sospechar­los...
La educación o, más bien, la instrucción pri­maria argentina le debe mucho, pero no se lo debe todo, como algunos pretenden. Le deberá tal vez lo principal y le debe, sobre todo, esto, para lo cual se necesitaba coraje y condiciones excepcionales: ¡el haberla puesto en moda! La moda,  la ley ineludible y poderosa que alcanza hasta a la muerte, a la cual Dickens, en una de sus frases eternas, llamaba "la moda de todos los tiempos”.



¿Por qué Avellaneda, habiendo sido un hombre de Estado tan eficiente y tan notable no tiene ahora, ya, también, su estatua a la par de la de este don Faustino, como él le llamaba cuando se las había con algunas de las genialidades de su Presidente?
Porque se sienten antes los efectos de una tormenta que los de una lluvia fina y continua.
Sarmiento llenaba la atmósfera de rayos, relámpagos y truenos. Avellaneda envolvía la tierra que pisaba en una nube; la empapaba, la penetraba, la abrigaba y la fecundaba. Su trabajo era lento y, por lo tanto, menos percep­tible. Pero, ¿quién podía dejar de oír a Sar­miento? El sello más indeleble de su persona psíquica era "la imposibilidad de pasar des­apercibido".
Donde él estaba había conflicto, gresca, pe­lea, batalla, terminando todo ello, en la ma­yoría de los casos, por un beneficio positivo para su país, por el establecimiento de una doctrina saludable, de una conquista en el camino de la civilización. Así, en todas partes, este hombre extraordinario resultaba "educan­do" por vías incalculadas y siendo él mismo ineducado e ineducable, o sea, para evitar malas interpretaciones, inmodelado e inmodelable.
Su estatura, su cuadratura — diré —; sus maneras, su voz, las acciones de sus manos, los movimientos resueltos de su cabeza, el tem­blor que esos sacudimientos imprimían a sus mejillas cuando la edad había aflojado la trama de sus carnes; sus facciones, su frente, su nariz chica, desproporcionada; su boca gruesa, expresiva; todo en él expresaba energía, reso­lución, firmeza. Su cara y la actitud de su cuerpo provocaban, desafiaban y transparentaban el deseo de ser agredido a su vez, y era la efigie del atleta que se prepara a la lucha. Había en su mirada, por mo­mentos, cierta ferocidad y en su aspecto, cuando iba a comenzar un discurso en el Senado, algo de animal antiguo y formidable; parecía que de las razas extinguidas se había levantado un representante antediluviano, y el que oía su oratoria no tenía tendencias a modificar su impresión, al medir las zonas, los espacios, y las épocas históricas que abarcaba, como si expusiera la gestión entera de la raza humana.
 El pueblo argentino es impresionable, como todos; pero tal vez en mayor grado y se deja seducir por las muestras de coraje, energía,  resolución, valor físico, en una palabra.
Él, a la par de todas las agrupaciones de los hombres, y salvo  diferencias pequeñas, tiene un culto irreflexivo por cuanto significa determinación para afrontar un peligro físico y, en general por toda tensión orgánica para ejecutar  sin vacilación algo positivo. Aclama y admira esas calidades, aun cuando se ejerzan en su daño y está dispuesto a creer en la superioridad de quien las posea.
Ese culto por el valor físico es instintivo y no racional, porque ante la alta inteligencia que toma los quilates de las calidades del hombre, el valor físico ocupa un lugar secundario; cualquiera lo tiene; la prueba es que todos están obligados a ser soldados, por la ley. Entre­tanto, cuan pocos hombres poseen el valor mo­ral de afrontar una responsabilidad cuando sus actos no son del agrado popular.
Sarmiento tenía los dos valores, pero la masa del pueblo lo aprecia por el primero y sabe muy poco del segundo. Esa misma masa, encabe­zada por gentes selectas a veces, lo ha com­batido y repudiado, principalmente en la me­trópoli, donde precede el pueblo a los hijos de las provincias, mientras viven, como el mar con los cuerpos extraños, todo su afán es echarlos a la orilla y encallarlos entre las toscas, mientras mantiene a flote los corchos porteños, livianos, salvo numerosas excepciones, y siempre airosos.

Dr. Eduardo Wilde
1889


ENTREVISTA A DON JUAN MANUEL DE ROSAS

París, agosto 14 de 1860.

Sr. Don Benjamín Vicuña Mackena


Fuente: "www.elhistoriador.com.ar"
Mi querido amigo:
Paseándome por el zaguán del hotel, hacía mi composición de lugar, cuando el portero, llamándome la atención hacia una figura de hombre, que, por su inmovilidad y adhesión a la esquina de enfrente, parecía un bajo relieve de la muralla, me dijo:
-¡Ese es el general Rosas!...

Los avispados muchachos de las escuelas que andaban por allí gozando de su asueto del domingo, se dirigían también unos a otros la citada frase del portero y agregaban, señalando el tren de paseo que teníamos a la puerta: "¡Esos son sus caballos!-. Estas mismas frases eran repetidas por todos los transeúntes; mi curiosidad no las desperdiciaba, pues servían como para familiarizarme anticipadamente con el objeto que luego iba a tocar.
Estaba yo como el niño que obligado a entrar en un cuarto a oscuras, hace alto a la puerta y se conforta y se anima con oír hablar por las vecindades.
Un paso más y me hallo en plenas tinieblas: Rosas estaba delante de mí.
-No esperaba yo respuesta tan elocuente de parte de V. E. díjele por saludo.
-No, nada de eso ... yo vivo aquí de cualquier modo - contestome.
El desprendimiento casi nativo de las etiquetas del poder se veía marcado en el tono con que Rosas profirió esta excusa; la indolencia acomodaticia del huaso, en los modales que la acompañaron, la presteza del que quiere despacharse de un asunto trivial, en el movimiento que hizo al quitarse el sombrero. -¿Qué tal lo pasa, V. E., con la vida de Inglaterra?
-Bien, paisano. A mí me va bien en todas partes, y particularmente con éstos de por acá, a quienes conozco mucho. ¡Treinta años en que no he hecho otra cosa que estudiar al hombre! ¡Y me precio de conocerlo! Así es que ahora estoy escribiendo tres obras, de las que me permitirá que le dé noticia.
-Nada me sería más agradable que enterarme de las meditaciones de V. E.
-Son tres obras y otras que llamo apuntes varios sobre la época de mi gobierno, para lo cual tengo tres cuartos llenos de papeles.
-Interesantísimo sería que esos apuntes llegasen a América y yo quisiera que fuesen a poder de los escritores de Chile.
(Me acordé en el acto del autor del Ostracismo de los Carreras y futuro comentador de las tristezas de O'Higgins).
-A cualquier parte, menos a Chile - respondiome. ¡Dios me libre! ¡Chile! ¡Chile! Me ha dejado abandonado en mi desgracia. Son unos ingratos todos los gobiernos de América, después que yo la he elevado tanto en el concepto de las naciones europeas. Esos gobiernos han permitido que se me confisquen mis bienes, "cuando yo no he confiscado los de nadie-. ¡Represalias!, dicen. Yo lo único que decreté fué embargos temporales, para mientras los emigrados se mantenían en estado de rebelión contra el gobierno. ¡Que yo he robado! ¡Falso, paisanos Ahí tengo los documentos de todo lo que se ha gastado en mi tiempo, casi todos ellos han sido otorgados por los mismos que están gritando contra mí en Buenos Aires. Día llegará que yo les pruebe que me acusan a mí por las sumas que ellos, y sólo ellos, han recibido. Mío propio y no de nadie es lo que confiscan. Con la amistad que Lord Palmerston me dispensa, bien podría yo, haciéndome súbdito inglés, imponer el respeto a mis derechos. No lo hago por consideraciones que creo deber al pabellón y al gobierno de mi patria, como quiera que se titule. Y como iba a decir a usted, tres son las obras que me ocupo en escribir: la una es sobre la "ley pública-.
-Sírvase V. E. explicarme qué es lo que apellida -ley pública-.
De la explicación llena de discordancias y de digresiones (aun estas mismas incoherentes) que me hizo Rosas vine a colegir que se propone escribir un libro de "derecho público", a cuya doctrina suscriban documentalmente todas las naciones, en precaución de la divergencia de opiniones que complican la expedición de los negocios y que le han quemado las pestañas al laborioso jefe de la cancillería de Palermo.
Distingue la ley pública de la ley individual (derecho civil) y se propone modificarla principalmente en la parte de derecho testamentario, cuyos principios, a juicio del ex gobernador, debieran ser dictados, antes que por los deberes del estado civil, por la libre espontaneidad de los afectos. Tratando de esta materia y no sé si con la mira de hacer referencia a la ley pública o a la ley individual (porque en una conversación con Rosas es imposible saber de lo que está hablando), agregó, como quien murmura para sí: "Eso que llaman derechos del hombre no engendra sino la tiranía". Ni sé cómo pasó a hablarme -puesto que lo oía sin interrumpirle de su predominio sobre los labradores ingleses. -Ningún inglés saca tanto del trabajo de los peones como yo de los míos ... ¿Por qué? Porque me ven que yo mismo cojo la azada para darles el ejemplo. Y vea estas manos, paisano, tóquelas... ¡Me pareció que iba a ser lastimado por las uñas del tigre!
-¿Cómo le parece a usted que paso yo todo el día? Así.. dispénseme. - Se quitó la levita y quedó en mangas de camisa.
-¿Por qué mis tropas andaban tan listas y me eran tan fieles? Tres gritos se daban antes de empezar un ataque.
Buscó en su memoria las frases que ya tenía en la boca a todo abrir...
-Era el primero: "¡Viva la Independencia Americana!-
Yo tuve que hacer un esfuerzo para no parapetarme detrás de la silla en que me hallaba sentado, cuando vi a Rosas empinarse para remedar el diapasón sostenido de su histórico primer grito; y que penetrarme de toda la realidad del momento, para no creer que veía un machete en aquellos brazos echados al aire y casi desnudos. ¡Aquí del mentor de Achiras y de su Telémaco! Quiroga estaba tras de ese fantasma, aparecido en un pestañar de mis ojos; dentro del fantasma debían hervir las furias evocadas de la mazorca. ¡Mi reino por un caballo!, parecía que dijera Rosas en esa transfiguración obrada por su fantasía. ¡Los devotos de cierta incurable de nuestro hospicio habrían de buena gana llamado al exorcista! (Alusión a una pretendida endemoniada). Como expelido el demonio por un cordonazo a traición, Rosas se calmó, se puso la levita, tomó asiento y omitió los otros dos gritos prometidos... se fué el caudillo gobernante, quedó otra vez el gaucho.
-Mi segunda obra es sobre la religión del hombre. Yo soy católico, en la religión apostólica romana, y no por ninguna otra razón sino porque mis padres lo han sido; y así opino que todas las religiones deben respetarse.
Al llegar a este punto de sus literarios trabajos, Rosas me refirió una anécdota de familia, ordenada a demostrar que es imprudente asustar a un enfermo con la presencia de los sacramentos. Y con tal motivo se lamentó de la inseguridad y mal gobierno de la medicina, pasando a hacer mención de su tercera obra, que versa sobre la ciencia médica. Ya bastaba de divagar y era preciso que me pusiese al corriente de sus actuales circunstancias domésticas.
-¿Y qué es de la vida de la señorita Manuelita?
-Me ha faltado; me ha dado un pesar.- se ha casado.
-Siento entonces haber traído el hecho a la memoria de V. E. Se servirá excusarme.
-No, nada de eso, estamos en la mejor armonía. "Máximo, le dije yo, dos condiciones pongo: la primera, que yo no asistiré a los desposorios; la segunda, que Manuelita no seguirá viviendo en mi casa". Y es así que están en Londres, de donde me escriben todas las semanas. No sé qué le dio a Manuelita por irse a casar a los treinta y seis años, después que me había prometido no hacerlo y hasta ahora lo había estado cumpliendo tan bien, por encima de mil dificultades. ¡Me ha dejado abandonado, solo mi alma! Y lo peor es que a ella también le han confiscado sus bienes propios. ¡Semejante rigor con una niña que no ha hecho otra cosa que labrarse el aprecio de todos y ser el encanto de los extranjeros! Muy mal estoy con los gabinetes de América. Ahora las potencias europeas están haciendo con ellos lo que se les antoja. No era así en mi época.
¡Ah! ¡Ah! Todo podrán decir de mí, pero nunca dirán: a Juan Manuel de Rosas le faltó energía. ¡Hasta el último la tuve, paisano! Gobernar treinta años... ¿quién, quién hace eso? ¿Por qué gritan contra mí? ¿Qué he hecho yo? Todo el bien que le he podido hacer a mi patria. ¿Qué hago? Estar resignado en mi desgracia y nada más. Yo no fumo, yo no bebo, yo no almuerzo, yo no como. Todo lo que tomo es una cenita a las diez de la noche, y para eso me la cocino yo con mis manos.
¿Puede darse mayor retiro y mayor prescindencia de todo? Yo podría disponer que la prensa de Inglaterra y de Francia tomasen mi defensa; no lo quiero, y así se lo he dicho a Lord Palmerston. Después de mis días se sabrá todo. He hecho mi testamento. A Lord Palmerston lo dejo por albacea y el encargo que guarde mis restos, unidos a los de mi esposa en Buenos Aires, en el panteón de Southampton, -oponiéndose absolutamente a que los extraiga el gobierno argentino, pues por allá los injuriarían". -
Al despedirse le rogué que me permitiese corresponder a su visita. Me dió su negativa, en lo mucha que me preconizó la inviolabilidad de su doméstico retiro y en la eficaz oferta que me hizo de volver repetidas veces a mi hotel, durante los días que yo hubiese de permanecer en Southampton.
No obstante, me creí obligado a ir tras de sus pasos a depositar mi tarjeta en el buzón de su vestíbulo.
Aquí tienes lo que me ha pasado con Rosas.
Tú, mejor que yo mismo, quizás deduzcas de esta entrevista, mirada a la distancia, un juicio aproximativo sobre Rosas.
Puede que adónde no alcanza el rumor de tas palabras llegue más claro su sentido.
De mí no sé decir, sino que aquel hombre desapareció de mi vista, como la visión de un sueño, o el reflejo de un celaje. ¡Es tan incomprensible y tan indefinido! Tú, que tienes las prácticas de las cosas históricas de América, ayúdame desde Lima a conocerlo.
¿Qué es Rosas? ¿Convienes en lo siguiente: que para la fisiología es un loco, para la historia un tirano; y para la predestinación puede ser lo que han sido Carlota Corday, Jacobo Clemente, el clérigo Merino y tantos otros instrumentos ciegos del crimen?
Esos nacieron para asesinar a un hombre; ¡puede que Rosas haya nacido para asesinar a un pueblo! Tal vez, ni abrigar sabe el rubor de su crimen, y quién sabe si a la hora de su muerte no dé la misma cuenta de la mazorca que de la San Bartolomé- dió el degollador Gaspar de Tavannes.
El confesor había ya oído, del moribundo, la confesión general de su vida, y ni una palabra siquiera en sus labios de la San Bartolomé. ¡Qué! ¿Nada me decís de la San Bartolomé? "La miro, respondió el Mariscal, como una acción meritoria en cuya virtud me han de ser perdonadas mis culpas..
Rosas es un malvado, venimos repitiendo todos. ¡Quién sabe si no habrá una voz que salga diciendo: Rosas es un misterio! En lo que si podemos convenir, desde luego, es en que se ha mostrado y aparece todavía no menos grande que Satanás. Bajo del pedestal de la gloria del uno como del de la gloria del otro, pueden escribirse, con igual justicia, estos versos de Voltaire:
"Le crime a ses héros, I'érreur a ses maftires. Du vraie zéle et du faux, vains juges que nous sommes Souvent des scélérats ressemblent aux grands hornmes…”

La tentación del hombre ha inmortalizado al uno hasta entregar su fama a la epopeya; la inmolación de un país inmortalizará al otro; hasta transmitirlo a las maldiciones sin fin de los siglos.
Si yo encontrase por ahí a Satanás, ¿cómo mi admiración no habría de querer contemplarlo?
El mismo deseo le manifesté a Rosas, se lo expuse en mi carta de Southmapton; su vanidad me halló razón y el juicio de todos no me la negará. Quedan, pues, justificadas mi carta y la entrevista a que dio lugar.
Salud, etc., etc.
Firmado: Salustio Cobo.


Carta de Salustio Cobo a Benjamín Vicuña Mackena, 14 de agosto de 1860, en Luis Franco, "El Otro Rosas", Buenos Aires, Reconstruir, 1964.
Citar Fuente: "www.elhistoriador.com.ar"

DON JUAN MANUEL DE ROSAS


La conferencia del Dr. Alberto Gelly Cantilo, sobre
"Juan Manuel de Rosas",
será en el Colegio de Abogados de Quilmes, 
Alvear 414, el proximo día 2 de diciembre a las 19 hs.


El 22 de Octubre de 2008 el Dr. Alberto Gelly Cantilo asumió la titularidad del Instituto Nacional de investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas

Se recomienda: www.tradiciongaucha.com.ar

lunes, 5 de octubre de 2009

EL PENSAMIENTO DE MARIANO MORENO

"La variación presente no debe limitarse a suplantar a los funcionarios públicos e imitar su corrupción y su indolencia. 
Es necesario destruir los abusos de la administración, desplegar una actividad que hasta ahora no se ha conocido, promover el remedio de los males que afligen al Estado, excitar y dirigir el espíritu público, educar al pueblo, destruir o contener a sus enemigos y dar nueva vida a las provincias. 
Si el gobierno huye al trabajo; si sigue las huellas de sus predecesores, conservando la alianza con la corrupción y el desorden, hará traición a las justas esperanzas del pueblo y llegará a ser indigno de los altos destinos que se han encomendado en sus manos."

Mariano Moreno
en el discurso inaugural del 25 de mayo de 1810
al asumir la Secretaría de Guerra y Gobierno de la Primera Junta.